Las células a las que se ha dotado de un potencial de división ilimitado tienen la capacidad de crecer rápidamente. Se producen divisiones intensas que sólo están limitadas por la disponibilidad de nutrientes, necesarios para una mayor proliferación.
Las células se dividen y se acumulan, alejándose del vaso sanguíneo más cercano. De este modo, se produce el crecimiento tumoral, que se detiene en una fase determinada (cuando el tumor tiene un tamaño aproximado de 1-2 mm). Para que se produzca un mayor crecimiento, es necesario suministrar nutrientes y oxígeno a las células proliferantes. La única forma de garantizar el crecimiento y la proliferación de las células tumorales es vascularizar el tumor.
Los procesos de angiogénesis, son controlados constantemente por nuestro organismo manteniendo un equilibrio entre los factores pro y antiangiogénicos. Este equilibrio puede verse alterado por procesos en las propias células tumorales, así como por procesos en las células sanas que son atacadas por las células tumorales en proliferación. Cuando el equilibrio se altera y se inclina hacia la angiogénesis, se induce el proceso de neoangiogénesis, es decir, la vascularización de las células tumorales.
Los vasos sanguíneos creados como resultado de este proceso son más finos y menos estrechos, lo que permite suministrar una gran cantidad de nutrientes a las células tumorales y estimular así su crecimiento ulterior"[1].